Como espejismos que al mirarlos devuelven la luz que es arrojada sobre ellos por nuestras mentes trastornadas...
Nunca logré determinar el momento exacto cuando lo que vanamente consideré iba a ser "mi pasatiempo" llegó a convertirse en una especie de afición, en una actividad que iba a practicar con la religiosidad de un régimen que curiosamente no pesaba sobre mis hombros ni sobre mi conciencia.
Tampoco creí volver a encontrarme arrinconado en una esquina queriendo que todo lo que pudiese suceder acabara antes de siquiera empezar, la incertidumbre que me llevó a esa postura también me incitaba a defenderme de la manera en que mejor sabía o creía saber, por medio de la ignorancia y el repudio a aquellas sensaciones del mundo que quería evitar para dejar a esos muertos en paz.
Esto fue, claramente, hasta que vi lo que vi.
Sin pensarlo ni quererlo unos hoyos empezaron a surgir entre las murallas de camaradería que levanté para protegerme de aquello con lo que pacté no entrar en contacto para evitar la desazón, mi naturaleza curiosa no soportó el estímulo y me vi envuelto en una cruzada donde con mis manos ensanché uno de aquellos hoyos y con mis ojos miré al otro lado de la muralla, fue la primera vez que noté lo que había fuera.
Afuera de mi confinamiento había una pradera bordeada por un bosque, en esta pradera existían dos lagos, completamente impasibles ante la belicosidad que imprime la visión de una fortaleza en la cercanía. Estos lagos parecían llamarme con la frescura del agua que contenían, el verdor del bosque en derredor y la serenidad de sus aguas imperturbables.
Fue allí donde decidí dejar lo que creí era mi refugio y en realidad era mi cárcel
Los pormenores del cómo logré salir de mi confinamiento no son tan importantes como lo que sucedió una vez que puse un pie fuera del sitio con el que aparté al mundo de mí, pues sentí que mis ojos decidieron jugarme una broma cruel en un momento de vulnerabilidad.
Al salir, aquellos lagos con su frescura y sencillez resultaron ser no más grandes que un par charcos en los lindes del verde bosque, sintiéndome engañado y a punto de regresar por donde vine, decidí ir a mirarlos de cerca y beber de ellos como pago al esfuerzo realizado.
Otra vez me di cuenta que me engañaron los sentidos, y así supe que no podía confiar en ellos siempre
En el sitio donde creí ver primero los lagos y luego los charcos vi colocados de una manera curiosa dos espejos de un color indescriptible, con tal de saciar mi curiosidad observé estos peculiares objetos y luego noté que me podía reflejar al mismo tiempo en ambos si me colocaba en cierto ángulo, a este ángulo lo llamé "de frente".
Estando entonces frente a los espejos fue que vi mi reflejo en ellos, pero como si una especie de filtro eliminara la suciedad pétrea que cubría mi rostro y cuerpo. Allí logré ver quien era debajo de la tóxica capa de autocompasión y dudosa autopreservación que impregnaba mi ser debido a mi largo período de encierro.
O eso creí erróneamente en ese momento.
En un lapsus de mi ensimismamiento noté que llegó la primavera, y yo en mi comodidad y adormilamiento, no era capaz de observar nuevamente ese reflejo que me había embelesado por más que estuviera frente a esos espejos, se habían opacado.
Esa ausencia de la imagen del proto-yo quemaba como fuego y supe con cierta amargura que no sería capaz de encontrarla en ningún sitio más que en esos espejos en la orilla del bosque, sin embargo para este momento asuntos más preocupantes rondaban mis pensamientos, pues sentí que no lograba reflejarme en ningún sitio más que en el rocío de la mañana que empañaba los espejos al amanecer, y solo bajo la luz de la aurora.
Entonces me empecé a hacer preguntas
.
Que era lo que veía? Que me atraía? Como me marcaba esta experiencia? Porqué volvía cada noche como un autómata a buscar la luz reflejada de estos espejos? Porque no sentía ni cansancio, ni hambre ni sed aún cuando velara la noche entera a la espera del amanecer? Que tan real era la imagen que lograba observar bajo la tenue luz que imprime el alba sobre el mundo?
No pude hallar respuesta a estas preguntas que nacían de mi inquieta curiosidad, aún no al menos. Fue cuando decidí esperar entonces.
Las preguntas se durmieron como una manada hambrienta, y el tiempo acumuló el polvo sobre ellas
La aparición del verano se vio marcada por la ausencia de la lluvia, al menos en sus comienzos, y esta sequía que resquebraja y revienta la faz de la tierra no pudo convencerme de evitar el uso de la razón y dejarme llevar por la dulce corriente que manaba de mi creciente afecto por esa imagen que observé alguna vez en esos espejos a la par del bosque.
Temí hallarme por culpa por de ese secreto deseo en una quimera, en una de las viejas ilusiones que en mi pasado se esforzaron por dirigirme hacia el camino tortuoso del auto encierro, marcado por el compás de los pensamientos que cantaban a coro que el amor era algo reservado para unos elegidos mas no para mí.
Pero esto fue un mal sueño. Un sueño del cual desperté con una sonrisa.
Una sonrisa que me devolvieron los dos espejitos.
Estaba yo sentado tranquilamente jugando con mis pensamientos, armando castillos en el aire y decorándolos al antojo de mis sentimientos, eran sentimientos profundos y hermosos que hacían que mi castillo reflejase los rayos del sol en un abanico de colores infinito.
Nunca me puse a pensar cómo surgió todo esto, o bien si debía o no surgir, simplemente pasó y cuando me dí cuenta estaba embelesado haciéndolo bonito y cargándolo de detalles, no me pregunté por las bases sobre las cuales se asentaban estos, mis sueños y anhelos.
Era una voz, una voz incómodamente familiar, la cual me hacía preguntas sobre lo que pensaba, sobre cómo lo pensaba y porqué lo pensaba, me dijo que porqué construir un castillo, si al final todos terminan en ruinas, me apeló que las bases sobre las cuales se asentaban mis edificaciones eran quimeras, me dijo que así como la ambición del hombre lo va a llevar a su perdición, esa ambición mía iba a cobrarme la factura de todo lo que utilicé para construir mi ensueño.
Nunca escribi en un bus...
Talvez porque cada persona que cruzaba sus barras me traia rostros nuevos con los que distraerme mientras les doy historias a cada uno de ellos.
La señora con su chal saliendo de la consulta médica, el cáncer no reacciona al tratamiento.
El joven moreno avejentado por dejar un poco de sí mismo en su trabajo cada día, su mujer le dijo hoy que será un varón.
La niña que junto a su madre va comiendo un helado tarareando suavemente, su madre la premió por acompañarle a firmar los papeles del negocio.
El señor que le cede un campo a una mujer embarazada, su nieto lo llamó por su cumpleaños.
Tantas historias, mas cuando miro por la ventana y mi oscuro reflejo devuelve la mirada es cuando recuerdo porque nunca escribí en un bus.

